viernes, 8 de noviembre de 2013

Mi regalo tardío

Quiero darte algo en tu cumpleaños, pero todavía no es el momento.
Será un regalo tardío.
Lo escondo detrás de mi corazón, porque ahí es donde siempre me has esperado.
Es una cajita de cartón negro, llena de palabras, risas y llanto.
Puede que para los demás no valga nada, puede que a ti no te guste.
Pero es mi regalo, y como tal lo único que quiero es ofrecértelo, porque es todo lo que tengo para darte, todo lo que tengo y siempre he tenido para ti.
A mí tampoco me gustan los regalos tardíos. No obstante, con el tiempo he aprendido que son esos los mejores regalos. Son los únicos revestidos de suspenso y ansiedad. Son los únicos que tardan lo que tarda la entrega incondicional y sincera.
Mi regalo será un regalo tardío, pero te aseguro que será incondicional y sincero.
Y sé que algún día, no hoy (ni esta noche, puede que tengas sueño), te acordarás de estas palabras.

El dolor es aún grande cuando la soledad está rodeada de personas.
Pero esta noche no me siento sola.
¡Apaga la velita!
Esta noche estás conmigo.

Quiero darte algo en tu cumpleaños, pero todavía no es el momento.
Será un regalo tardío.
Lo escondo detrás de mi corazón, ahí, justo al lado tuyo.
Puedes tomarlo desde ya, si ya no puedes con la curiosidad. Lo reconocerás por su vestido de luto, el traje azabache que no se quitará hasta que pongas las manos sobre él.
Después de todo, es para ti.

También puedes tomar mi corazón.
Mas, si no lo encuentras, es porque hace rato que te lo llevaste.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Lancé su nombre y solo el mar me respondió

"Mutis no murió. Zarpó".
Sergio Marentes.

“La muerte es como un barco que se aleja en el horizonte. Llega un momento en que ese barco desaparece. Pero que no veamos el barco, no quiere decir que no exista”.
La muerte íntima. Marie de Hennezel.

La espuma de mar que bañaba a las rocas con violencia aterrizaba de cuando en cuando sobre mis labios. Brisas refrescantes como la de esa mañana no son cosas de este mundo, y de seguro cosa de este mundo tampoco fue el hilillo de sal que se alborotaba sobre mi cuerpo, cuyo borbolleo solo fue superado por el de la tristeza que me envolvía.
La gavia se batía sobre las olas como imitando a una doncella que se despide de su amado. Detrás de ella estaba yo, batiéndome también al borde del muelle, mientras le alargaba con el brazo la húmeda maleta que cargaba aquellos sus frágiles pensamientos. De pronto Dios le toca el hombro y se inclina para descubrirme a mí, bañada en el sopor marino; descubrió mis ojos, relucientes y más líquidos que la masa cristalina que nos envolvía. Entonces contemplé su nariz heráldica, aquellas sus cejas de turco, cejas tan pobladas como cuervos. Contemplé cómo la leche marina y su efervescencia le bañaba la esencia. Bañaba el saco, bañaba la corbata luego, baña los nudillos blancos también. Bañaba incluso el tieso semblante de blasón, tieso quizá por el temor al adiós, tieso quizá por el ardor de lo desconocido. Pero tieso hasta que zarpa, y tieso hasta que se pierde en el horizonte de menta y sombra.
Lancé su nombre y solo el mar me respondió. Y finalmente lloré, porque no hay adiós sin sangre transparente ni corazón que soporte semejante ahogo. Y la noche llegó, quizá a consolarme, quizá nada más a hacer sutil compañía. Con ella vino la soledad y sus sueños funerales. El ocaso se lo comió todo de pronto, y ya no hubo gavia batiendo ni resoplando en el muelle.
Buena muerte es esa que se descubre cuando se está en lo más alto de su gavia. Buena muerte es esa cuando se agita la madre mar invitándolo de vuelta a su vientre. Buena muerte no es más que un buen viaje, y buen viaje es lo que le deseo, allá, en su barco de regreso a Coello, rincón de tierra caliente, substancia misma de sueños.