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sábado, 26 de febrero de 2022
sábado, 16 de junio de 2018
Día 5
Son siete sábanas, siete servilletas, siete sombreros. Siete sábanas salpicadas, sangrientas, sobre sienes sudorosas. Siete sábanas sopesadas sobre siete sombreros. Siete sombreros solitarios, saltando sobre sombras siniestras. Siete significa suerte. Siete, siete, siete. Setecientos setenta, sobre siete. Sin sabor, sin son, siete, siete, siete. Son solo sabrosos sietes. Siete sábanas sobre sus sienes, sudando sombreros solitarios, salpicando sombras siniestras.
martes, 12 de junio de 2018
Día 1
Amanecía así antes, aunque Ana afirmara: “ajá”. Amarilla alumbraba aquella alborada. Ana apercolló a Andrés ante Amalia. Aunque Andrés alcanzó a augurar algo ante aquel atropello, apenas alcanzó a ahuyentar aquella asfixia. Ana asía al andrógino arduamente, ardua, angustiosa y apuradamente, algunas arterias alterándose ante aquel apretón. Al acabar aquel acometimiento, Ana aflojó aquel abrazo. Azul acabó aquella alborada. Acalorado, acalambrado, Andrés apareció ante Absalón, abrazando ansias, apretujando ahora, apenas, aquella alma apesadumbrada.
jueves, 26 de junio de 2014
Una soledad
Un viejo, octogenario, con más arrugas que camisa de pobre, entró lentamente a la iglesia. Los fieles lo miraron con lástima. La iglesia respiraba más soledad que de costumbre, pero al menos no estaba tan sola como el viejo esa mañana. El viejo, con los ojos inundados de lágrimas, hincó las rótulas sobre el cojín desgastado y alzó la vista. ¿Por qué? ¿Por qué ella y no yo?, era lo que se decía.
Ni siquiera el Cristo crucificado que lo miraba desde la pared se sentía tan solo como el viejo esa mañana. Las lágrimas evocaban a la vieja, que ya no temblaba, y que no iba a ir a esa misa... ni a ninguna misa por el resto de la eternidad.
sábado, 14 de diciembre de 2013
Writing prompt #2
El pequeño Daniel se sentía aún más pequeño ante el gigantesco terror que le escalaba la espalda. El más horrible de los seres se escondía tras esa puerta que no quería cruzar. Iba a escarbar en su boca, inhalarían el mismo oxígeno. Era algo que el pequeño Daniel no soportaba. Maldita sea. Preciso hoy, sábado, su día favorito. Ya nada de favorito queda de un día como esos. Nada de bueno debe quedar de ese horribles sábado, día de su cita con el odontólogo.
Writing prompt #1
El aroma de pan cocido atraviesa la barrera de mi nariz tapada. Atraviesa mi tráquea, se clava en mis bronquios, circunda mis pulmones. El ruido de las guacamayas del palo de mango se conjuga con el silbido de mi hermano, que llega en estos momentos en su bicicleta. Tararea una canción que no conozco. Todo adquiere de pronto el color de los vallenatos viejos, y por los aires vuela una nube de cenizas, como una lluvia de lágrimas negras.
domingo, 27 de octubre de 2013
El dinosaurio
"Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí".
Augusto Monterroso, El Dinosaurio.
Cuando despertó, su mente resucitó con él. Transpirando el mismo miedo. El mismo sudor enfriándole los párpados. La nariz seguía pegada al tablón. La boca abierta tragándose las astillas y la lengua saboreando el barniz. Maldita la hora en que durmió y no avisó de sus sueños intermitentes. Maldita la hora en que impidió que el miedo, el maldito miedo pasara a través de él. El miedo. El fantasmagórico dinosaurio que vigilaba sin descanso sus lunas. Dinosaurio porque murió hace tiempo. Dinosaurio porque aún perduran sus huesos. Pero dinosaurio porque es viejo, eterno, es fuego. Una leyenda fosilizada que se evaporó como polvo. Pero despertó, y la mente resucitó. La mente se sintió adolorida de nuevo. La nariz al tablón, la boca con el comején y la lengua con el barniz. Cuando despertó, su mente resucitó, transpiraba el sudor jurásico. ¡Prendan las luces! ¡Déjenlas encendidas! El monstruo ha salido de debajo de la cama.
Cuando despertó... bendito Dios. El dinosaurio todavía estaba allí.
lunes, 22 de abril de 2013
El señor y la señora están llorando
Había pasado muy cerca de la orilla, como nunca, y ahí había visto por primera vez a los amantes. Ahora lloraban. Lloraban aquellos miserables lagartos comprometidos. Él entonces se guardó el preciosímo anillo que tenía en una mano, y con la otra se quitó el pasamontañas. Le dio una última mirada jocosa a los amantes mientras volvía a agarrar el revólver con sus ademanes de reptil tembloroso...
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