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jueves, 21 de junio de 2018

Día 10

Fue un sueño que tuve hace mucho tiempo. En él corría y corría, atravesando un bosque muy tupido, lleno de toda clase de árboles altos que germinaban de hierba igual o más alta. Vestía harapos, tanto la piel como la ropa hecha jirones.

No sé por cuánto corrí, en el sueño sentí que fueron horas. Sudaba a chorros. Las ramas de los árboles y los arbustos me cortaban la piel. Corría y corría, pero no como un ser humano. Llegó un momento en que comencé a correr en cuatro patas, cual bestia desaforada. Iba con la lengua afuera, huyendo de algo que no podía ver. De pronto choqué con el tallo rústico de una palmera que me raspó todos los brazos. Reboté contra él y caí de bruces sobre la hierba.

Llegué a lo que parecía una planicie que se extendía como por unos veinte kilómetros aproximadamente, hasta confundirse con la neblina de unas montañas en el horizonte. Miré hacia arriba. Me sobrevolaba un cielo azul, sin nubes ni rastro de sol. En ese momento sentí cómo gradualmente iba creciendo el ruido de un helicóptero. Estaba lejos, pero sentía el ruido de sus hélices rasgando como si estuvieran muy cerca de mi cabeza. Lo miré con los ojos entrecerrados por el resplandor y comencé a correr otra vez. Entonces escuché unos ruidos secos y sentí una serie de punzadas agudas en mi espalda.

Me estaban disparando. 

En el sueño sentí muy reales los impactos de las balas sobre mi carne. Nunca antes había soñado con tiros. Y menos con un tiroteo de esa magnitud. Hey, o sea, ¡la espalda me quedó como un maldito queso! Y cuando ya no pude sostenerme, mezcla de la debilidad por la pérdida de sangre con el horrible dolor que sentía, caí otra vez de bruces sobre la hierba. El sueño acabó conmigo ahí, tirada, respirando con la boca abierta, esperando que me matara el cansancio antes que los del helicóptero bajaran a terminar el trabajo.

miércoles, 20 de junio de 2018

Día 9

Me levanto a las cinco y treinta de la mañana. Me pongo la camisa, anudo la corbata, agarro el portafolios y salgo. Tomo el metro. Llego a la oficina. Me siento. Tecleo. Tecleo. Tecleo más. A las doce del mediodía saco el portacomidas y almuerzo. Regreso a la oficina. Regreso a teclear. Se hacen las cinco y cuarenta y cinco de la tarde. Recojo mis cosas, las vuelvo a meter en el portafolios, salgo de la oficina. Tomo el metro. Llego al apartamento. Me desato la corbata, me quito la camisa, me lavo los dientes, me siento en la cama. Me acuesto a las diez. 

Vuelvo a levantarme a las cinco y treinta de la mañana. Vuelvo a ponerme la camisa. Vuelvo a anudarme la corbata, vuelvo a agarrar el portafolios, vuelvo a salir del apartamento y vuelvo a tomar el metro. Vuelvo a la oficina. Vuelvo a teclear, a teclear y a teclear. Saco una vez más el portacomidas y almuerzo. Regreso a teclear. Se hacen las cinco y cuarenta y cinco de la tarde otra vez. Vuelvo a recoger mis cosas, las vuelvo a meter en el portafolios y vuelvo a salir de la oficina. Vuelvo a tomar el metro, vuelvo al apartamento. Me desato la corbata, me quito la camisa, me lavo los dientes, me siento en la cama y me acuesto a las diez. Otra vez. 

Vuelvo a levantarme a las cinco y treinta de la mañana. Vuelvo a ponerme la camisa. Vuelvo a anudarme… anudarme. Debería anudarla a otro cuello más que al de mi simple camisa. Vuelvo a mirarme en el espejo. Vuelvo. Vuelvo. Vuelvo. Pero no regreso. Nunca estoy. Estas ojeras… esas siempre vuelven. Estas orejas… siempre largas. Pienso en papá y lo culpo. Estos dientes… estos malditos dientes. Pienso en mamá y la culpo. Cierro los ojos, muy fuertemente. Voy a la nevera. Son las seis en punto. Está sonando el himno nacional. Saco una cerveza. La destapo. Bebo casi hasta la mitad. Me limpio los bigotes con el brazo. Escupo. No son las seis de la tarde, pero me siento en la cama. Sé que debería acostarme, pero no lo hago. Miro las botas. Desato los cordones. Vuelvo a escupir. Vuelvo. Vuelvo. Vuelvo. No regreso. Estoy seguro que si tomo otro sorbo de Pilsen no regreso. Si me subo a este taburete, no regreso. Si coloco esta cabeza peluda dentro del hueco, no regreso. No regreso. Y qué si no regreso. Vuelvo, vuelvo y vuelvo a hacer cosas, pero nunca vuelvo en mí. Nunca a mí. Y ya no más. Ya no más. Ya no más. 

Despierto. Estoy tan cansado que me he quedado dormido con la mejilla colgando de la cuerda. La mejilla en vez del cuello. Ah. Ni para eso sirvo. Pero la baba contra mis bigotes no es lo que me ha despertado. Me despierto escuchando el ruido del vidrio siendo golpeado. Debe ser alguien en la ventana, es lo que pienso. Me asomo. No hay nadie. Pero luego suena de nuevo.

Inclino las orejas paseando por el pasillo. Llego a la habitación esa. La basura de habitación. Abro la puerta. El ruido se hace más fuerte. Entonces lo sé. Camino hasta el pedazo de tela colgante. Lo aparto. Cae al piso, dejando ver el brillante espejo. Pienso en mamá. Aunque no sé si culparla. El ruido. El ruido viene a sonar y proviene del espejo. 
—Por fin. Hola, Pablo.
Estoy tan perplejo que no encuentro palabras para decir fuera de este maldito monólogo en mi cabeza.
Alcanzo a balbucear algo inentendible. Le pregunto cómo es que sabe mi nombre. 
—Yo lo sé todo sobre ti. 
Le pregunto quién es. 
—Me llamo Jordán. ¿Me dejas entrar? 
Le pregunto por qué lo permitiría. 
—Te conviene.

Mi respiración es pesada. No he dicho que sí o que no. Jordán simplemente entra. Es un humano… o al menos eso parece. Un hombre encorvado y alargado que usa una máscara. Los huecos de los ojos son tan negros. No lo puedo explicar, pero me veo reflejado en ellos. De pronto… ¿parpadean? Sí. Los huecos de sus ojos parpadean. No es una máscara. Es su rostro.

El extraño mira el taburete, mira la improvisada horca de cordones y me mira a mí. 
—Bueno, y… ¿por qué te detuviste? Se supone que debía llevarte hace dos días.

martes, 19 de junio de 2018

Día 8

A continuación se expone el manuscrito de las últimas grabaciones de las que se tienen conocimiento de la doctora Tabita Ticiano, Ph. D., miembro del equipo Nébula con dirección a Neptuno:

Alfa Madre, Alfa Madre, aquí Omega. Cambio. Es el diecisiete de abril del año 2355. Son las… *CHIRRIDO* 13:04 horas. La tripulación del Nébula 2404 aterrizó exitosamente sobre el Mar de Vanadio, en el satélite AR567, hace aproximadamente… quince minutos. Lo primero que hicimos fue calibrar… las ondas electromagnéticas y de esa manera proceder a la medición de gases. No hubo nada que dispararan nuestros medidores hasta que hallamos muestras de una radiación constante y restos de lo que parecía un meteorito. Nada fuera… *CHIRRIDO* de lo normal. el equipo y yo proseguimos con las labores correspondientes, simple tareas de rutina. Creo que faltaba poco para las catorce horas cuando escuchamos lo que pareció un quejido. Investigamos en alrededores. Exactamente en la… *CHIRRIDO* latitud 456732 con longitud 3948192, luego de que una… humorada de vanadio nos permitiera ver, dimos con lo que parecía un cráter. Lo examinamos. Fue… no fue mucha cosa lo que vimos a excepción de la oscuridad apabullante que ahí residía. Era… parecía tener alguna especie de fuerza electromagnética, pues el equipo y yo no pudimos despegarnos del cráter. Un cráter que más que uno propiamente hablando… parecía más bien un abismo. Ah. Nos sentimos forzados a mirar dentro de la oscuridad por varios, largos minutos. La radiación estaba disparando nuestros medidores cada vez más… (aquí los chirridos y la estática se vuelven especialmente constantes) se… se aproximaba algo, podíamos presentirlo. Pero aun así… *CHIRRIDO* estábamos ahí, casi amarrados a la inmensidad del cráter.

De pronto… algo… *CHIRRIDO* una corriente de aire muy violenta arrasó con nosotros elevándonos muchos pies de la superficie del satélite. Dimos vueltas… muchas vueltas. Me… vuelven a dar náuseas de solo recordarlas. Perdí contacto por radio con el equipo en cuestión de segundos. La estática era todo lo que escuchaba por más que intenté llamarlos. Ahora estoy… *CHIRRIDO* estoy flotando… a la deriva, sin más compañía que la inmensa oscuridad del espacio.

Alfa Madre, Alfa Madre. Cambio. *CHIRRIDO* Son las 15:17 del mismo día. He seguido intentando localizar a mis compañeros de equipo, en vano. No sé… no tengo conocimiento por cuánto más dure la batería de este radio. Estoy… estoy flotando cada vez más lejos del satélite AR567. Alfa Madre. Alfa Madre. Aquí Omega. ¿Me escuchan? *CHIRRIDO* Cambio.

(Aquí se escucha lo que parece ser un sonido blanco por varias horas).

Son las 19:01. No hay… noveda…des. Creo que… creo que ya no podré seguir hablando. Acaba de dispararse la alarma de reserva de oxígeno. No tengo cono… no sé cuánto tiempo me quede. Alfa Madre… Alfa Madre. Cambio. Creo… creo que dormiré un poco…

Oh, pero qué-
(Un sonido gutural se escucha tras la voz de la doctora).

Qué está-
(El sonido gutural se mezcla con los chirridos y con la estática).

Dios... DIOS MÍO. Esto es-
(El sonido gutural, como el de un animal feroz se hace más fuerte).

Alfa Madre, Alfa Madre. La misma corriente de aire violenta de antes ha vuelto a surgir, y no… ha, no logro entender… no entiendo cómo la… he podido ver hasta donde me encuentro. Pero… no… no es solo a…aire. Es… no sé cómo explicarlo. Es un objeto largo. Muy largo. Y viene… viene hacía mí.
Me ha… me ha prendido de una pierna. Incluso a través del traje se siente frío. Me aprieta con una fuerza horriblemente… descomunal. Me está-

*SONIDOS INENTENDIBLES*

QUÉ-

*MÁS SONIDOS INENTENDIBLES*

ALFA MADRE. ALFA MADRE. VEO EL CRÁTER. CAMBIO. VOY DIRECTAMENTE HACIA ÉL.

*MÁS SONIDOS INENTENDIBLES*

Este brazo. ESTE BRAZO LARGO... ME VA A-

*CHIRRIDO*

¡AAAAAAAAAAHH!

Fin de la grabación.


Lo que se escucha a lo largo de los exactamente veinte minutos con cuarenta y cinco segundos siguientes es una serie de gritos desgarradores, mezclados con estática, ruido blanco y unos rugidos parecidos a los de un animal al que no hemos podido relacionar a ninguna especie conocida por el hombre.

lunes, 18 de junio de 2018

Día 7

Les voy a hablar sobre el Hombre Sombra y las historias que me cuenta. Historias que solo yo veo, que solo yo escucho. Historias que me acechan desde lo más profundo del cuarto. Vienen a mí todas las noches, y yo tengo que estar atento, siempre pendiente de todas y cada una de las letras que aterrizan como cosquillas en mis oídos. Me habla de Marta, a la que su pelo le creció tanto que se la tragó. Me habla de Candelaria, que resultó descuartizada, víctima de una horda de murciélagos saturados de rabia. Me cuenta de Vanessa, que se tiró de este mismo balcón. de Nicolás, ahorcado con una correa. De Ernesto, asesino de Nicolás. De Mauro, el que se zampó las pastillas como caramelos, y de Ágata que se tiró de este mismo balcón. También me contó sobre Lila. Toda ella era inocente, beldad, mucha ternura, pero sus uñas… ugh. Eso sí que no. Esas malditas garras, cuales pezuñas de diablo, lucían cuarteadas, casi tan largas como garfios. Era culpa de su madre. Todas las noches era la que con paciencia y con esmero venía todas las noches a cortarle las uñas que crecían y crecían como si de plantas bien fértiles se tratase, hasta que la mujer se perdió y se confundió con la eternidad, y con ella había muerto la higiene de Lila, dejando a las uñas vueltas una mezcla de liquen y moco amarillento. Una noche, sin embargo, Lila se despertó una sensación caliente en sus piernas. Esa noche vio algo más que liquen y moco al pie de su cama. Algo brillaba, flotaba justo en frente de ella. ¿Qué podría ser aquello? Brillaba tanto… Lila quiso acercársele a lo que sea que fuese, pero una extraña fuerza descomunal la acostó de nuevo. Luego se abalanzó sobre sus pies como una sombra alargada y densa, y empezó. Todo lo que escuchó Lila de aquello fue una serie de ruidos secos. TAC. Lila se sobresaltó y se sintió presa de una sensación caliente a pesar de estar congelándose de la cintura para arriba. Otro TAC, y sintió caer sobre su cama una lluvia dura, como granizo inyectándose en sus piernas desnudas. TAC. TAC. TAC. TAC. El cortaúñas siguió sin parar, hasta que, al cabo de unos minutos, detuvo la mutilación y antes de que Lila reaccionara la sombra había desaparecido. Y así estuvo por varias noches. Sueño intranquilo, despertada, la sombra aparecía, le cortaba las uñas y se iba. Sueño intranquilo, despertada, sombra, uñas, adiós. Sueño intranquilo, despertada, sombra, uñas, y adiós. Veintiséis noches en total, cada una de las cuales era más placentera que la anterior. Lila no podía explicar el placer que sentía cuando la lluvia de granizo ungular que caía sobre sus piernas. No pares. No pares. No pares. TAC. TAC. TAC, pero no pares, así se acaben mis uñas. No pares, así estés llegando a la madre. Y la sombra llegó, y aun así Lina gemía, presa de un éxtasis inconmensurable que ni ella misma lograba terminar de entender. Gemía y gemía. Algo al pie de la cama parecía brillar más que el cortaúñas y Lila se dio cuenta. Era una sonrisa. La sonrisa de la sombra. Le recordó tanto a su madre. Mi madre, decía. Mi madre, mi sombra. Mía y solo mía, carajo, la única que me cuidaba, la única que me quería. Pasó una noche, perforó los dedos. Pasadas dos más, llegó hasta el empeine. TAC. TAC. TAC. Pasó una semana, llegó hasta el tobillo. Lila arqueaba el cuerpo tratando de guardar el placer que le hormigueaba desde las pantorrillas hasta las costillas, y gemía y gemía, y LiLA GRITABA AHORA, YA CASI ERA EL AMANECER Y LILA QUERÍA QUE SE QUEDARA HASTA LA MAÑANA, TARDE, HASTA LA NOCHE, QUE NO PARARA, PORQUE IBA A ESTALLAR, MI MADRE NO ESTABA AQUÍ, PERO CÓMO LA SENTÍA DE CERCA, Y LILA SE SENTÍA EN EL CIELO, DIOS, ES ESTE EL CIELO O EL INFIERNO, PORQUE LILA SENTÍA QUE LA ALEGRÍA QUE TENÍA SU SOMBRA PARECÍA MÁS BIEN TRISTEZA, PORQUE LILA SENTÍA QUE LLORABA. SÍ. Y LA LLUVIA DE LOS PÁRPADOS SE CONJUGABA CON EL GRANIZO SOBRE LAS PIERNAS, YA, YA NO AGUANTABA MÁS, HABÍA PERFORADO SU MUSLO, TAC, TAC, TAC, Y LLEgó la noche número veintiséis y la alegría seguía ahí, brillando, al lado del cortaúñas, y Lila enloqueció, y tenía los ojos desorbitados, y Lila quedó en la cama, sin piernas y con unos muñones de brazos. Y así termina la historia de Lila, de las historias que el Hombre Sombra me cuenta. Siento una piquiña en el bajo vientre, esa sensación que siempre me dejan sus historias susurradas al oído. Y ahora las transcribo aquí, estornudando por la lluvia de granizo ungular que ha dejado en mi regazo.

domingo, 17 de junio de 2018

Día 6

Tenía un plan. Oh, y vaya que lo tenía. Tenía un plan y pensaba llegar hasta las últimas consecuencias con él. Aunque, bueno. Hasta las últimas, propiamente hablando, no, pues dicho plan había nacido con el único motivo de precisamente evitar eso: la muerte. 

Pero déjenme contarles desde el principio. Todo empezó el dieciséis del quinto mes del año de nuestro señor Jesucristo. A eso de las nueve de la noche, un carruaje del Scotland Yard aparcó en la puerta de nuestra casa, del que se bajaron dos oficiales que tocaron nuestra puerta tres veces. El rumor del aguacero aterrizando con frenesí contra nuestro tejado se mezclaba con la voz ronca de la radio, a través de la cual se hablaba una pobre y desventurada muchacha y de nosotros. Aunque no nos mencionaran, sabía perfectamente que estaban hablando de nosotros. Y eso Johan lo sabía, ahí, luchando como epiléptico en el fregadero. Por más que lavara las manos, la sangre no salía. “¿Qué has hecho, por el amor de Dios?”, era todo lo que podía pensar en medio del aturdimiento. Johan solo lloraba. De pronto, los oficiales tocaron otra vez. Dios mío bendito. Tenía que pensar algo rápido. Al noveno llamado, tuve que arrastrar a Johan hasta la puerta. Con un ademán hice que ocultara las manos y lo obligué a que dejara de llorar. No lo sabía entonces, pero en el momento en que dejamos entrar a los oficiales, estábamos dejando entrar también a la Parca, que trepó desde mis entrañas hasta mi cabeza con sus uñas filosas. 

—¿Señor Wachowski?—preguntó uno de los oficiales con voz sorprendentemente aguda. 

Señores Wachowski, de hecho—contesté abriendo completamente la puerta para dejar ver a Johan. 

El oficial nos miró primero con sorpresa, luego con asco. 

—Cielo santo. Nos… habían dicho que era una sola persona… 

—Bueno, técnicamente eso somos.

sábado, 16 de junio de 2018

Día 5

Son siete sábanas, siete servilletas, siete sombreros. Siete sábanas salpicadas, sangrientas, sobre sienes sudorosas. Siete sábanas sopesadas sobre siete sombreros. Siete sombreros solitarios, saltando sobre sombras siniestras. Siete significa suerte. Siete, siete, siete. Setecientos setenta, sobre siete. Sin sabor, sin son, siete, siete, siete. Son solo sabrosos sietes. Siete sábanas sobre sus sienes, sudando sombreros solitarios, salpicando sombras siniestras.

viernes, 15 de junio de 2018

Día 4

Incluso antes de abrir la carta, sabía lo que iba a decir. La verdad no sé por qué te molestaste en escribirla, y la verdad no sé ni para qué me molesto en leerla, si con largarte, ya me lo habías dejado todo claro. Aun así, sacudo el sobre con mis manos, lo pongo a contraluz para tratar de agarrar alguna pista de su contenido. Trato de pintarme en la cabeza tu cara mientras escribiste. Paso los dedos por el sobre. El relieve de tu letra sobresale en el papel. Suspiro al imaginar tu lengua paseando por el borde para luego sellarlo y echarlo en el buzón.

Suspiro mientras voy masacrándolo con las tijeras. Y sí. Sabía lo que iba a decir. Era de esperarse. Y en eso ya yo tenía más de diez años de experiencia. Diez largos años. Diez años y tres horas, si contamos las que pasé en el Metro, viendo a ver si asomabas la nariz. Y después de tanto tiempo, me escribes. ¿Por qué? ¿Por qué esperar tanto? ¿Y por qué a mano? Digo, estamos en pleno siglo XXI. 

El tiempo no perdona, y si crees que yo lo haré, estás muy equivocada. Nos conocimos en La Presentación. Yo me gradué de ahí, tú no. Desde preescolar, hasta octavo grado, donde pasó lo que pasó. Te vi por primera vez en la cafetería, y me sorprendieron tanto sus ademanes elegantes. Recuerdo que más que caminar, volabas. Paseabas las manos límpidas, de dedos tan blancos y delgados como el papel, acariciando todo con una suavidad increíble. Siempre sonriendo. Maldita sea. Confieso que en un primer momento detesté esa actitud de siempre ir feliz por la vida. Y tuvo que pasar mucho tiempo para que se me fuera el fastidio.

jueves, 14 de junio de 2018

Día 3

Esa noche Astrid apareció en el cuarto más temprano que de costumbre. 
—No molestes. Quiero dormir—le dije. 
—Ah, mira qué curioso—contestó ella—. Eso mismo dijo Mauro antes de zamparse las pastillas como caramelos. 
Con fastidio me acosté y me arropé. Pero Astrid siguió con su retahíla: 
—Adela se ahorcó con esta misma sábana...—dijo. 
Torcí los ojos. Entonces apoyó el cuerpo sobre mí y dijo: 
—Muchas cosas pasaron en esta casa, Gina. Esa gata... esa gata sabe todo sobre ti, sabe más cosas de ti que tú mismo. Hace a la gente... hacer cosas. Tienes suerte de que aún no se haya metido contigo, pero... lo hará. Sé que lo hará. 
Y ya no habló más.
Un rato después escuché que tocaban la puerta. 
Pum. Pum. Pum. 
Entonces me levanté y caminé hacia allá. 
En eso, los golpes se hicieron más bruscos. PUM. PUM. PUM. No. La artritis de Tía Eulalia le habría impedido golpear así. PUM. PUM. PUM. Astrid era más bien directa, ¿por qué coño tocar la puerta de esa manera? ¡PUM! ¡PUM! ¡PUM! El corazón me pateaba las costillas. ¡PUM, PUM, PUM! Fui acercándome cada vez más. ¡PUM!! ¡¡PUM!! ¡¡PUM!! PUM!! ¡¡PUM!! ¡¡PUM!! 
Entonces abrí la puerta antes de que terminara de despegarse de las bisagras. 
Y se hizo el silencio.
Miré a todos lados. Solo se escuchaba el ruido de mi respiración, como queriéndome tragar todo el oxígeno del planeta. Entonces escuché un maullido y al bajar la vista encontré a Sombrita en el umbral iluminado por la luz de la luna. 
Nunca olvidaré el resplandor nacarado que me lanzaron sus ojos esa noche.
Finalmente dejé que entrara al cuarto y cerré la puerta. 
—Hasta mañana, Sombrita—le dije sin mirarla.
Estaba a punto de quedarme dormida, cuando, al cabo de unos minutos, sentí cómo se retiraba suavemente la sábana de sobre mis orejas, pero no abrí los ojos sino hasta que escuché aquella voz gutural taladrándome el oído: 
Hasta mañana, Gina.

miércoles, 13 de junio de 2018

Día 2

Ángela y yo teníamos catorce años, cumplidos con un día de diferencia para ese entonces. Íbamos al mismo colegio, estudiábamos en el mismo salón, e incluso éramos vecinas. Me agarraba del brazo cada vez que caminábamos, apoyando la cabeza en mi hombro cada vez que se reía. Si cuento ahora los dedos de sus manos, y cuento los dedos de sus pies con la punta de mi lengua, tengo el número de días que bastaron para tragarme de ella. Y es que todo, absolutamente todo lo hacíamos juntas. Como hasta los diez entramos al mismo baño y nos reíamos tratando de orinar en el mismo inodoro. Éramos como uña y mugre. Yo era la mugre, por supuesto. Porque ella brillaba con luz propia, así, con su pelo desordenado como un sol oscuro, y con sus ojos grandes y negros, que delineaba siempre, resaltando sobre las pecas, con los cuales miraba todo como con impudicia, como preguntándose por el alma de cada cosa. Y brillaba aún más cuando se ponía ese vestido blanco, de encaje, que le marcaba las tetas de una manera que me encantaba. 

Se lo estrenó la Navidad en la que ella había pedido al Niño Dios unos patines en línea, y yo cojones para declarármele. Recuerdo que hasta me había arrodillado ante el Cristo de mi cama. El calor lo ralentizaba todo y atacaba hasta en las noches, llenando de zancudos la atmósfera. Como ella todo lo hace corriendo, hasta vivir, así se me acercó. Llegó a mi cuarto corriendo, con el sudor perlándole la frente y un par de gotas transparentando más el relieve de sus pezones. Se acostó a mi lado, el Cristo viéndonos desde arriba. Estaba aburrida, me dijo. Vamos al parque. Y salimos. 

Corrimos como conejos, saltando por entre las cercas y arbustos. Ella se quitó las chanclas y se puso a patear piedras. Aterrizamos en el parque casi sin aire, bañadas en sudor, el vestido aún más transparente sobre su piel. El columpio nos haló con un magnetismo igual de salvaje que la melena de Ángela. Ella se subió y yo me limité a empujarla. No sé en qué momento de la noche comenzó a acompañarnos la lluvia, ahí, riéndonos a carcajadas sobre el monte, con la boca abierta recibiendo el orgasmo del cielo cual bendición. Así, tal cual. Y fue como un orgasmo también para mí que el lindo vestido nuevo estaba arruinado. El agua dibujaba formas atrevidas en su pecho. 

Entonces pasó. Se tiró sobre la hierba, a mi lado, y con la boca abierta me abrazó, muerta de la risa y del cansancio. Alborotó el agua que me caía en el pecho y me pellizcó la barbilla. Después me besó. Se bajó la cremallera del vestido blanco, ese de encaje, y se subió sobre mí. Ahí permanecimos por largo rato, más mojadas que la lluvia. La brisa empujaba el columpio, cuyo sonido opacaba nuestros gemidos. El orgasmo del cielo se confundió con el nuestro sobre la hierba, y quedamos tendidas otra vez una al lado de la otra. 

Ya en la casa nos rodeaban las sábanas y bebíamos aguapanela caliente mientras nos reíamos en nuestro idioma. Nuestro idioma. El que también era de la naturaleza. Nos dormimos abrazadas, ahí, con el Cristo sobre la cabecera de la cama. Él también había dejado de ser niño. Y le di las gracias.

martes, 12 de junio de 2018

Día 1

Amanecía así antes, aunque Ana afirmara: “ajá”. Amarilla alumbraba aquella alborada. Ana apercolló a Andrés ante Amalia. Aunque Andrés alcanzó a augurar algo ante aquel atropello, apenas alcanzó a ahuyentar aquella asfixia. Ana asía al andrógino arduamente, ardua, angustiosa y apuradamente, algunas arterias alterándose ante aquel apretón. Al acabar aquel acometimiento, Ana aflojó aquel abrazo. Azul acabó aquella alborada. Acalorado, acalambrado, Andrés apareció ante Absalón, abrazando ansias, apretujando ahora, apenas, aquella alma apesadumbrada.